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Los humanos nos diferenciamos del resto de las especies en que somos racionales. Nos sentimos orgullosos de la actividad de nuestro cerebro y ello ha hecho que nuestro sistema educativo haya estado enfocado mayoritariamente en nuestra capacidad intelectual. Pero, ¿Dónde están las emociones? Pocas personas han tenido el privilegio de tener una cierta educación emocional en los primeros años de vida y poder así desenvolverse en el nada cartesiano mundo de las emociones, sentimientos y estados de ánimo. Yo recibí una educación, como toda mi generación del baby boom de los 70 en España, muy alejada del mundo emocional y enfocada al 100% en el desarrollo cognitivo. Poco más a menos, las emociones se tenían que esconder o al menos controlar. Toda mi generación, las anteriores y desgraciadamente algunas que me preceden han seguido esa misma tónica de enfocarse en el desarrollo puramente cognitivo. Antes de que apareciera el famoso best seller de Daniell Goleman en 1995, se consideraba que no era necesario entrenar o educar nuestras emociones, como sí hacíamos con nuestra cognición durante gran parte de nuestra vida. Nuestras emociones directamente se escondían, se consideraban como un elemento a evitar, puesto que la gran mayoría de nuestras emociones suponían un problema:

  • El enfado está mal visto porque rápidamente se califica a la persona de tener un mal carácter. Y más con la rabia, que se entiende como agresividad.
  • No se debía mostrar la tristeza y mucho menos llorar porque mostraba debilidad.
  • El amor no estaba bien visto manifestarlo en público, por ejemplo, con los hijos, para que no se volvieran unos blandos.
  • El orgullo te llevaba al egoísmo directamente.
  • Tampoco se podía sentir miedo porque es de cobardes.
  • La alegría es quizá la emoción mejor vista, pero debía mostrarse en el contexto adecuado, de otra manera se podía calificar de ingenuo o naif.
La inteligencia emocional es dos veces más importante que el conocimiento académico o técnico para el éxito en el trabajo

Daniel Goleman, aunque no fuera el primero en hablar de inteligencia emocional, difundió al gran público la idea de que la inteligencia emocional es dos veces más importante que el conocimiento académico o técnico para el éxito en el trabajo.

Así pues, a raíz de la popularización de las ideas de Goleman, el mundo de las emociones entró en nuestras vidas. Él mismo afirmó que el nivel de inteligencia emocional mostrado por una persona influía un 80% más en su éxito en la vida que el conocido test de inteligencia.

Por lo tanto, podemos afirmar claramente que es importante estar dotados de una buena inteligencia emocional. Esto se traduce en: primero saber identificar las emociones propias y las de los demás y en segundo lugar saber cómo gestionar ambas cosas de forma más constructiva y positiva.

Las emociones salieron de su época de oscurantismo para pasar a ser la variable que explicaba el éxito y la felicidad en nuestras vidas. El neurocientífico Antonio Damasio cambiará la famosa frase de Descartes “pienso luego existo” por “siento luego existo”. Ledoux dice que primero sentimos y luego pensamos. Los pensamientos son más lentos y las emociones más rápidas. Ambos autores dignificaron las emociones, llegando a afirmar que gracias a ellas estamos vivos.

¿Y qué es entonces la inteligencia emocional?

 

Los padres de la inteligencia emocional, Salovey y Mayer, la definen como una inteligencia genuina basada en el uso adaptativo de las emociones para solucionar problemas y adaptarse de forma eficaz al medio.

El nivel de inteligencia emocional mostrado por una persona influye un 80% más en su éxito en la vida que el conocido test de inteligencia.

Esta definición nos indica que la inteligencia emocional facilita que las personas se desarrollen de forma más adaptativa, tanto en el ámbito personal como social, lo que provoca un aumento en su bienestar mental. Sentir emociones es de suma importancia para nuestras vidas. Nos dan información de cómo nos sentimos. Lo negativo viene cuando nos quedamos anclados en una emoción desagradable más de la cuenta. Una cosa es sentir la emoción y otra cosa quedarse estancado en ella. Varios autores han demostrado que es la parte emocional de nuestro cerebro la que toma las decisiones, y ésta mandará la orden a la parte consciente del cerebro. Nuestro cerebro tratará a su modo de justificar racionalmente la decisión tomada por el cerebro emocional. En el coaching sabemos que la gestión de las emociones juega un papel fundamental para ayudar a los clientes. En definitiva, la labor del coach se basa en que el cliente desarrolle los pilares básicos de la Inteligencia Emocional:

  • Saber identificar las emociones propias y las de los demás.
  • Saber cómo gestionar ambas cosas de forma más constructiva y positiva.
Los padres de la inteligencia emocional, Salovey y Mayer, la definen como una inteligencia genuina basada en el uso adaptativo de las emociones para solucionar problemas y adaptarse de forma eficaz al medio.

Y es que gran parte de los bloqueos que tenemos están relacionados con temas emocionales:

  • Miedos que nos bloquean e impiden que tomemos decisiones.
  • Sentimiento de incapacidad para superar las dificultades que lleva implícita una meta.
  • Tristeza por bloqueos por temas pasados.
  • Excesiva impulsividad o falta de manejo de las emociones.
  • Dificultad para entender las emociones de los otros y no saber así relacionarnos.
  • Imposibilidad de reconocer nuestras propias emociones, llegando incluso a la alexitimia (incapacidad de identificarse y expresar emociones).

 
 

Es claro, por tanto, que gracias a la inteligencia emocional podemos motivarnos, controlar nuestros impulsos, regular el estado de ánimo y empatizar con los demás. Nos permite convivir con los que nos rodean. En definitiva, la inteligencia emocional controla gran parte de quienes somos.  

 

Espero que te haya gustado este post. 

…Y si crees que la gestión de las emociones te puede ayudar, no dudes en ponerte en contacto conmigo y reservar una sesión de coaching. La primera sesión es gratis.

Hasta pronto.

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